El camino a la verdad empieza por preguntar el por qué de las cosas

Todo lo que ocurre tiene una causa, la conozcamos o no. Todas las decisiones que toma la gente tienen un motivo, lo compartamos o no. Detrás de cada comportamiento, por muy reprochable que nos pueda parecer, hay una razón, que es la que impulsa la acción. Conocer los motivos que se esconden detrás de cada cosa nos permite valorarlas adecuadamente, y tomar una decisión acertada en cada momento. Por desgracia, no estamos acostumbrados a indagar, ni se nos ayuda a pensar por nosotros mismos.

Dos son los agentes responsables, a mi entender, de la falta de interés generalizada en buscar respuestas por uno mismo: el sistema educativo y los medios de comunicación. Ninguno de los dos ayudan a las personas a desarrollar el pensamiento crítico y autónomo. En vez de eso, la función de estas instituciones se centra en facilitar de forma consistente las respuestas “correctas” (denominadas “conocimientos” o “información”) a todas las preguntas… de forma tan unánime que es difícil cuestionarse su veracidad.

El caso de los medios de comunicación es, quizá, más claro. Nos bombardean con una serie de hechos que supuestamente son representativos de la realidad, pero que ha sido seleccionados editorialmente por su interés (¿interés para quién?), sin indagar en las causas que los provocaron. De este modo, se anula la capacidad de raciocinio y se altera la percepción que tienen las masas de la realidad. Como dijo Michael Crichton, “El reto más grande al que se enfrenta la humanidad es la distinción de la realidad sobre la fantasía, la verdad sobre la propaganda”.

Esta manipulación es posible, en gran medida, gracias a que los sistemas educativos nos han preparado previamente. Dichos sistemas, basados en la transmisión y memorización de información más que en el descubrimiento y el aprendizaje, están diseñados como sistemas de instrucción para prepararnos para el mercado laboral, que ayudan a los alumnos a acostumbrarse a cumplir un horario, a repetir tareas y rutinas de comportamiento, y a aceptar el conocimiento tal y como nos es inculcado por la autoridad.

Desgraciadamente, la educación de nuestro tiempo no es una herramienta para promover la libertad, sino todo lo contrario. En vez de ayudarnos a desarrollar el pensamiento crítico y otros hábitos basados en el auto-descubrimiento y el auto-aprendizaje, mata la curiosidad y atrapa a las personas en una falsa realidad en la que es imposible hacer que las cosas sean como creemos que deberían.

Sin embargo, las cosas que creemos saber no son más que un conjunto de pre-juicios transmitidos culturalmente. Las certezas de “sentido común” se basan, como todas, en unas premisas que pudieron ser correctas en su momento, pero pueden no ser aplicables a nosotros ahora. De ahí la necesidad urgente de aprender a cuestionarse las cosas por sistema.

Por eso, no hay nada más importante para el ser humano que aprender a cuestionar sistemáticamente la validez de toda idea preconcebida, actitud que Sócrates resumió en aquello de “sólo sé que no se nada”. Una vez libres del peso de las verdades de los demás, nuestra razón puede buscar por si misma su propia verdad, la que es válida para nosotros.

La importancia de la ignorancia en la búsqueda de la verdad

El reconocimiento de nuestra propia ignorancia nos permite hacer preguntas de ignorante, que son precisamente las más importantes para comprender la realidad. Curiosamente, este tipo de preguntas son las que los niños suelen hacer a sus padres cuando aprenden a hablar… ¿por qué? y ¿cómo lo sabes?.

Preguntar es una forma de rebeldía contra la realidad, que nace del inconformismo con la situación actual y nos impulsa a conocer los motivos y las causas que hacen que la realidad en la que vivimos sea esta, y no otra. Es un intento de desvelar el mecanismo de funcionamiento de las cosas que experimentamos, ya sea para predecir su comportamiento o para alterarlo.

Sin embargo, lograr este objetivo requiere que profundicemos hasta alcanzar el motivo original que origina cada fenómeno. Como en todo, hay que tirar del hilo hasta llegar al final, sin conformarnos con falsas respuestas que ocultan las verdaderas causas. Para ello, disponemos de una amplia gama de pronombres interrogativos que nos permiten avanzar hasta nuestro objetivo.

Un forma de hacerlo es mediante un diálogo basado en la pregunta, similar al Método socrático aplicado a conceptos concretos. En él, se cuestiona cada afirmación para destapar las premisas que la sustentan, recabar toda la información complementaria que se omite y/o para obligar al interlocutor a concretar su tesis, a fin de poder evaluar su validez, bondad y veracidad, y conocer las implicaciones que lleva asociada. En ningún momento se debe tomar partido por otras alternativas posibles, ni aceptar el sentido común ni razonamientos circulares como base de legitimación.

Por ejemplo, si alguien afirma que la gestión privada de la sanidad es más beneficiosa que la pública cabría preguntarse, al menos, ¿para quién es más beneficiosa?, ¿por qué se cree que la gestión pública es menos beneficiosa? y ¿cómo siendo privada será más beneficiosa?

Cada respuesta plantea inmediatamente otra pregunta, que nos ayuda a reflexionar sobre cosas que sabemos, pero que probablemente nunca nos hemos planteado o parado a pensar. Aunque es poco probable que alcancemos alguna verdad concluyente mediante este método, el proceso suele abrir la mente de los interlocutores a planteamientos que ponen en duda que las cosas tengan que ser de la manera en las que son.

Este hilo de razonamiento, hablando de temas hipotecarios, podría conducir hasta joyas del pensamiento como “¿Me conviene aceptar un préstamo a tipo de interés variable al 2% cuando la escala va de 0 a infinito?” o, “¿porqué las hipotecas son variables (referenciadas al EURIBOR) si el préstamo se materializa en un momento concreto del tiempo?”… “¿No sería más lógico que la hipoteca fuera de tipo fijo equivalente al EURIBOR del momento en que se prestó el dinero?” o, ya rizando el rizo, “¿porqué la felicidad (e incluso la salud) de mucha gente está referenciada al EURIOBOR?”.

Una vez re-aprendido el hábito de preguntar el por qué de las cosas, es difícil dejarlo, ya que es una gran ayuda en la vida cotidiana. Tarde o temprano se empiezan a hacer preguntas cada vez más inquietantes:

Cree a aquellos que buscan la verdad; duda de los que la han encontrado

Alquilar es tirar el dinero, dijo el banquero. “La vivienda nunca baja”, dijo el constructor. La gestión privada es más eficiente, dijo el empresario. España es una democracia, dijo el político. Informaremos verazmente de lo más importante, dijo el periodista. A la luz de esta artículo, los axiomas de la sociedad contemporánea toman un nuevo significado.

Mantener la libertad para decidir por uno mismo requiere un esfuerzo consciente para entender las razones que apoyan unas u otras opciones. Frente a quienes repiten como papagayos bien amaestrados las consignas de otros sin entender sus implicaciones, debemos preguntarnos qué intereses se esconden detrás de cada afirmación.

Desafiar desde la ignorancia lo evidente, la verdad aceptada, es una necesidad muy real en las sociedades modernas. Cuando la gente empieza a preguntarse el por qué de las cosas que les afectan, la realidad empieza a transformarse. ¿Por qué será?…

Introducción a la lucha de clases

Ricardo Llevata escribió (no recuerdo dónde lo hizo, ni quién es, porque este post es del año 2000, recuperado de las profundidades de mi disco duro):

[…] La única riqueza que puede establecer distinciones entre los seres humanos sólo puede proceder de la “transformación” de las materias primas por medio del trabajo, esa es la única riqueza que contiene un substrato “mercantil”. Sólo se pueden vender “mercancías”, no naturaleza sin transformar.

El trigo, la harina, los minerales… son materias primas sin transformar que, pese a representar una mínima parte de la riqueza global (en términos del capital que movilizan), siguen sustentando la economía mundial y a la sociedad en la que se desarrolla… al menos mientras los humanos sigamos viviendo como hasta ahora. La riqueza puede o no crearse, pero la materia no puede: Para hacer un microprocesador de 120 Euros hace falta comprar silicio, bastante más barato, por cierto.

Por lo tanto, tendrían que ser los trabajadores, que convierten un no-valor previo en un valor-mercancía los que se enriqueciesen con su trabajo. Pero ello no es así porque existe algo que se llama “explotación” y que determina que el capitalista “compra” el trabajo asalariado por un valor-precio muy inferior al que su utilización le reporta al vender en forma de precio-mercancía. El trabajo es una mercancía más que, utilizada por los previamente ricos, los enriquece aún más, sin que ello conlleve para los asalariados más que el derecho a una supervivencia, más o menos digna, mediante la nómina.

Esto ocurre porque las personas normales, con una posesión de riqueza limitada, no disponemos de los medios necesarios para la creación de riqueza transformando materias primas mediante nuestro trabajo. Por ello, nos vemos obligados a vender nuestra capacidad laboral a un empresario, capaz de movilizar esos medios de producción, para no morirnos de hambre.

El empresario, que sabe que necesitamos crear riqueza para subsistir pero no disponemos de los medios para tal creación, ofrece empleos como operador de sus medios de producción a cambio de una pequeña parte de la riqueza creada en función de la “participación” que cada uno tiene en el proceso, que incluye la compra de la maquinaria (oficinas, ordenadores, programas, mobiliario, luz, teléfono… ).

Aprovecha que el trabajador se encuentra en inferioridad y le roba, amparado por la legalidad y el orden social, una buena parte del beneficio que le corresponde a este. Sólo la liberalización de los medios de producción (haciendo que todos los trabajadores tengan la misma participación en la empresa, es decir, que la empresa sea de todos los trabajadores y no los trabajadores de la empresa) puede acabar con este orden laboral tan injusto que sigue siendo el mismo (en sus principios básicos) desde la Revolución Industrial, aunque se haya suavizado mediante iniciativas como la co-participación de los trabajadores en la gestión de la empresa o la “Responsabilidad Social Empresarial“.

EL TRABAJO ES LA FUENTE DE TODA RIQUEZA. Pero esa riqueza queda en manos de los capitalistas. Ese es, en esencia y hasta ahora, el funcionamiento del sistema. Y, por tanto, no podrían existir ricos-capitalistas sin pobres-asalariados (¿a quién explotar, entonces?). La Riqueza y la Pobreza son conceptos vivos y concretos que no pueden existir el uno sin el otro. En un modelo social más igualitario, sin explotación, la idea del “rico” resultaría tan absurda como la idea del “pobre”. Sólo se puede ser más rico “que alguien” y, sí no existe el término “pobre”, la idea-comparación de riqueza” pierde toda virtualidad.

En mi opinión, hoy en día es la riqueza la fuente de toda riqueza, puesto que donde no hay riqueza no se puede transformar nada: por falta de medios o por falta de materia prima. La Bolsa sube, pero sólo ganan aquellos que tienen dinero suficiente para invertir en ella; los bancos incrementan sus beneficios, mientras sus empleados malviven subcontratados. En definitiva, es el que tiene la riqueza el que puede movilizar los medios suficientes para crear más, en un torbellino vicioso al que la gente normal no puede acceder con facilidad (el mundo empresarial) o, si lo hace, asumiendo grandes riesgos.

Evidentemente, los términos “rico-pobre”, en cuanto que se refieren a una comparación de los niveles de riqueza, son mutuamente dependientes. Sin embargo, esto no implica que sólo puedan ser ricos unos pocos y pobres el resto. La aplicación práctica de estas ideas podría hacer que la distribución piramidal de la riqueza derivada del capitalismo se trasformara en una estructura elipsoidal más justa (aunque siempre habrá ricos y pobres).

“Sí hay ricos es porque hay pobres. Y lo triste es que los ricos lo son a costa de los pobres. ” (Karl Marx).

Que gran verdad, lástima que nadie haga nada al respecto.

Desventajas de encontrar un empleo estable

El trabajo por cuenta ajena (comúnmente conocido como asalariado) no ofrece grandes expectativas de futuro. A finales de 2005, el número total de personas ocupadas era de 18,9732 millones, según la Encuesta de Población Activa. Ese mismo año, el Producto Interior Bruto del país fue, según los datos de INE, de 905.455 millones de euros. Es decir, que cada español en activo generó una media de 47.722,84€ ese año.

Lo más probable es que tu salario, si eres trabajador por cuenta ajena, esté por debajo de esos cuarenta y siete mil euros. No te sorprendas, en España los salarios, directivos incluidos, sólo representan el 47% del PIB (fuente INE). El resto de la riqueza generada se la quedan las empresas, que cada año quieren más. Como muestra un botón: Desde 1999, el PIB ha crecido más que los salarios, que cada vez representan un porcentaje menor frente al crecimiento de la economía.

Si eres uno de esos 15 millones de españoles que tienen un trabajo por cuenta ajena sólo quisiera agradecerte que seas tan generoso, cediendo una parte tan importante del valor que generas cada día a personas que son más ricas que tu. ¡¡Eso es verdadera solidaridad!!

Trabajar para otros

Supongo que la gente asalariada no se para a analizar cómo se gana la vida. Simplemente consiguen un trabajo llegada una edad, y empiezan a ganar una cantidad determinada de dinero a cambio de ofrecer a la empresa sus servicios una determinada cantidad de horas al mes. Esto, que puede parecer una buena idea de ganarse la vida, es lo peor que puede hacer una persona medianamente inteligente.

La principal pega ya la conocéis, no existe una correlación entre el valor que el trabajo de los empleados genera para la empresa y lo que la empresa les paga. La empresa siempre paga menos, de otro modo no obtendrían beneficios.

Bajo este tipo de sistema retributivo, cuando desarrollamos algo que suponga un beneficio para la empresa lo más probable es que no disfrutemos de una recompensa acorde al beneficio creado. Seguiremos cobrando nuestro sueldo por las horas trabajadas y, en el mejor de los caso, recibiremos un bono o incluso hasta un aumento si lo hacemos con cierta regularidad. Sólo aquellos que son empresarios disfrutan de toda la recompensa de su trabajo.

Yo mismo cree un sistema que calculaba con total precisión los incentivos por compra de todos los clientes. Este sistema, que no era más que una compleja hoja de cálculo, le ahorró a la empresa en la que trabajaba casi 9.000 euros al año, sin contar las horas de trabajo ahorradas gracias a la automatización. ¿Cuando de todo ese valor, que creé en unas 8 horas (extra, por cierto) de trabajo, repercutió en mi? Os lo diré: 0,00€. Así que, ¿por qué molestarse?. Si la empresa hubiera sido mía, habría valido la pena.

Dejando a parte de la limitada rentabilidad de ser empleado por cuenta ajena, también hay que tener muy presente que serlo es extremadamente peligroso.

Curiosamente la gente percibe que trabajar por cuenta ajena es poco arriesgado mientras que trabajar por cuenta propia es muy arriesgado. ¡¡¡En realidad es todo lo contrario!!! ¿O acaso no es arriesgado ponerse en una situación en la que otra persona puede privarte del 100% de tus ingresos instantáneamente tomando la decisión de despedirte?

No existe seguridad si no se tiene el control de la situación, y os garantizo que los empleados por cuenta ajena tienen menos control que nadie sobre sus ingresos. Además, ¿qué es más seguro, tener una única fuente de ingresos o tener varias?

Estos no son, ni mucho menos, los únicos problemas de ser asalariado. Quizás el más peligroso para el “espíritu” es el hecho de que, al elegir trabajar por cuenta ajena, el individuo renuncia a elegir qué actividades realizar y a auto-organizar su trabajo. En definitiva, renuncia a su libertad: Aceptamos trabajar unas horas determinadas, según unas normas determinadas, haciendo unas cosas determinadas una y otra vez dentro de los plazos previstos.

Entramos en un entorno diseñado para domesticarnos. Regido por normas absurdas y con la amenaza siempre presente de ser disciplinados si no las cumplimos. El horario, la vestimenta, los procedimientos internos de control, los temas de conversación adecuados entre compañeros de trabajo…

Si no te atreves a decirle a tu jefe lo que verdaderamente piensas de las cosas que suceden en el trabajo, hace tiempo que dejaste de ser libre. Desde el mismo momento en el que firmaste el contrato de trabajo pasaste a formar parte de una organización oligárquica, donde los valores democráticos, por los que tanto se ha luchado en la esfera política, carecen de valor y no tienen cabida.

Cuando eres empleado de una empresa (y no “por” la misma, interesante matiz lingüístico) te puedes ver en la obligación de trabajar con superiores que se comportan de manera estúpida, maleducada o grosera. Te ves también en la obligación de mendigar una subida de sueldo, llegando al punto de hacer increíbles sacrificios para demostrar que lo mereces. Este tipo de situaciones no se dan cuando eres tu propio jefe. Si un cliente no te gusta, no tienes que trabajar con él. Si quieres más dinero, aumentas tus precios y si a alguien le parece mal, no hay que dedicarle ni un minuto más de tu tiempo.

Demasiado tiempo como asalariado, trabajando en un entorno que anula nuestra libertad, acaba por convertirnos en dependientes de nuestro propio trabajo en el sentido de que, con el tiempo, habremos limitado el rango de cosas que sabemos hacer a aquellas que hayan sido útiles para nuestro empleador. Con unas habilidades mermadas, y la voluntad quebrantada, los trabajadores quedan a merced de sus empleadores, quienes no dudarán, llegado el momento, en congelarles el sueldo y despedirlos/pre-jubilarlos tan pronto se demuestre que es una opción rentable.

Auto-empleo: Una vía de escape para una vida plena

¿Es posible ganarse la vida sin la necesidad de un empleo? ¡¡¡ Por supuesto!!! Sólo hay que encontrar una forma alternativa de generar ingresos. Por lo general, haciendo algo que nos apasione.

Ten en cuenta que los ingresos se consiguen no por el tiempo que trabajas, sino por el valor que generas para otros. Aunque las empresas paguen a sus empleados por tiempo trabajado, contratan personas capaces de generar ese valor.

Si tienes (o has tenido) un trabajo, ya has demostrado que eres capaz de generar valor para otros. Lo “único” que te resta por hacer es encontrar la manera de proporcionar el máximo valor posible a aquellas personas que más se pueden beneficiar de él, y cobrarles un precio razonable.

Seguramente te lleve tiempo y un gran esfuerzo, pero la recompensa merece la pena. Lo único que separa a cualquiera de una vida en la que gane más dinero y trabaje menos horas es el miedo a intentarlo.

Te planteo dos preguntas: ¿por qué trabajas en lo que trabajas? y ¿a qué te dedicarías si tuvieras todo el dinero que puedas necesitar? Si las respuestas a ambas preguntas no están en consonancia, te animo a conseguir que así sea:

Lo lograron porque nadie les dijo que era imposible
– Sabiduría Popular –

Algunos sitios para empezar:

 

O si no quieres cambiar de vida: