Al final, tendrás que luchar

Imagen de Iván Tamás en Pixabay

La historia de la humanidad es la historia de unos pocos tratando de vivir de lujo a costa de los demás: chamanes, faraones, sacerdotes, patricios, clérigos, señores feudales, nobles, reyes, terratenientes, dictadores, tecnócratas, políticos, rentistas, empresarios, oligarcas… Sus historias son las que se cuentan, sus figuras las que se idolatran y sus conflictos los que padecemos el común de los mortales.

Los demás sólo somos el rebaño que esquilar, ordeñar y, eventualmente, sacrificar para mantener su modo de vida privilegiado. Nuestra función se limita a producir los excedentes que consumen, a renunciar a cualquier acción que perturbe el funcionamiento de los medios de apropiación de dichos excedentes, y a perpetuar este sistema engendrando a la siguiente generación de pringados.

Desde muy pequeños somos adoctrinados en las máximas de que la ley es justa y el mercado eficiente; que nuestra organización social recompensa a cada uno en función de su esfuerzo, mérito y contribución al bienestar colectivo; que vivimos en una democracia donde nuestro voto cuenta y nuestra voz se escucha y, sobre todo, que la violencia siempre es mala, y hay que renunciar a ella toda situación.

Los beneficiarios de este sistema nos enseñan a legitimar “el orden establecido”, que les sitúa en la cúspide de las estructuras de poder y dominación, y a mantener la “paz social”, que hacen posible su modo de vida. Alcanzado este punto, sólo resta por superar un pequeño obstáculo para alcanzar la utopía: que quienes controlan este sistema social, basado en la máxima de “todo para nosotros, nada para los demás“, sean capaces de reprimir su propia codicia a niveles socialmente aceptables. Esto difícilmente puede lograrse por un periodo prolongado de tiempo.

Como nos enseña Montesquieu en “Del espíritu de las leyes“, el poder tiende de forma natural a expandirse si otro poder no lo detiene. La idea que subyace a su pensamiento político se resume en su máxima de que para que no se pueda abusar del poder, es preciso que otro poder detenga a ese poder. Y ese otro poder tienes que ser tú. Desgraciadamente, nuestro sistema social se ha construido a base de incapacitar a la inmensa mayoría de la población para enfrentarse a estos abusos, por lo que en la práctica no existe freno.

¿Que los alquileres están muy caros? No seas finolis y alquílate un trastero o un balcón. ¿Qué no hay trabajo? Hazte “empresario” con Glovo o Deliveroo, o emigra. ¿Qué te cobran el doble que hace 12 años por la electricidad? Es el mercado, amigo. ¿Cuantos productos que consumes han mejorado su relación calidad-precio? ¿a cuánta gente conoces que le hayan subido el sueldo “porque sí”?. ¿Te acuerdas cuando ser mileurista era una mierda y no una aspiración vital?… pues si te parece que estamos mal ahora, espera a la próxima vuelta de tuerca.

Cuando una relación de poder se altera, a la parte fortalecida le resulta más difícil reprimirse en el ejercicio de su nuevo poder, y a la parte debilitada más difícil resistirse a nuevos intentos de debilitarla aún más. Si esta dinámica se repite en una única dirección, el resultado es una espiral de crecientes abusos que nos conducen de forma irremediable a estallidos revolucionarios que reequilibren la situación e inicien un nuevo ciclo, o hacia una forma de gobierno totalitaria capaz de mantener a raya a la cada vez mayor masa de gente sin nada que perder.

Así que, mientras haya quienes pretendan vivir a tu costa, quieras o no, te guste o no, al final tendrás que luchar por tu supervivencia y por tu libertad; por controlar al Estado y contra las fuerzas del mercado con intereses opuestos a ti. Lo que sí puedes elegir es cuándo y en qué condiciones hacerlo. Cuanto más tardes en empezar, más difícil será y más debilitado estarás. Así que la cuestión es ¿cuánto estás dispuesto a tragar antes de hacer algo al respecto?

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